
La ciudad es cruel, muy cruel, se divierte ella misma creando seres de otros tiempos, individuos poco socializados o mal socializados (si eso existe) que surgen de lo mas inocuo de sus entrañas. Se producen situaciones de burla y desprecio a la vida que parecen alegrar o al menos albergar los regímenes oscuros de las leyes, de la tele y, por supuesto, de la misma gente que crece y se regodea de ellos.
Es extraño, así hay toda clase de gente. Está el cura que se calienta con los niños en los confesionarios, mujeres coleccionistas de hombres, viudas negras, blancas y calvas, Robledo Puch, Locati y Petisos Orejones que, de haber sido bien tratados (no sólo médicamente, sino socialmente) no hubieran quemado niñas en las plazas. Hay de todo, gente que paga sus impuestos, drogones, predicadores de mentiras y nuestro José Fernández.
Josesito, José, el “clavado”, el idiota o como sean que lo llamaban nació aquí, entre estas calles y su mundo de inocencia fue terror para el resto de la gente.
Caja móvil.
Construido en 1976, el “Pampero”, como lo llamó su primer chofer, recorría las calles de la ciudad. Y lo hacía con una elegancia tal, que nadie podía evitar mirarlo y saludarlo al pasar. Fue así, que este colectivo de la línea 50, fue cambiado de recorrido varias veces para satisfacer las necesidades de sus seguidores, quienes con carteles en alza lo recibían a toda hora. Mensajes de todo tipo se leían en sus pancartas, desde “Aguante Pampero”, “Pampero es de River” o “Pampero es el típico argentino”. Este gustó tanto a uno de sus conductores que lo pintó en la parte trasera de Pampero, así, siempre que se alejaba por las calles se leía con un gusto y gracia indecible, esa frase estrella: “Pampero es el típico argentino”.
Pampero irradiaba una especie de aura copiosa y enigmática, una dicha rodeaba al vehículo. Muchos periódicos sacaron varias notas buscando la explicación a tal extraña simpatía vehicular. He aquí algunas de las entrevistas realizadas durante el año 77:
“Pampero resalta el ser nacional. Dan ganas de quedarse en él por siempre. Su colorcito verde da una paz difícil de encontrar en estos tiempos.” Decía emocionada Doña Elvira de 70 años de edad.
“Y… qué sé yo… Pampi es como deberían ser todos en este país, va donde debe y nunca te deja a pie.” Opinaba Oscar de Lugano.
También hubo gente de alta alcurnia y representativa de nuestro pueblo emocionada con Pampero y dejó bien en claro sus sentimientos en diarios locales:
“Este colectivo es un aliciente para el problema de transporte que vive Argentina. Un colectivo que no se desvía, es un colectivo argentino. Deberían haber más como él, dijo el general Videla para el diario Clarín.
Cuenta la historia que un buen día, esos días soleados de invierno en que todo pasajero acerca su rostro a la ventilla para ser calentado por el buen sol, que Pampero comenzó a fallar. Había salido a las 6 en punto de la terminal y a tres cuadras de la misma se apagó el motor. El chofer de ese entonces, se bajó, abrió el capó e inspeccionó el motor. Todo estaba bien, no había razón para dejar de andar. Dudoso, el chofer, subió nuevamente al colectivo e intentó encenderlo lográndolo en el primer intento. Así anduvo bien hasta, a eso del mediodía, se detuvo dos cuadras antes de llegar a la comisaría. Otra vez, como antes, el chofer lo arrancó y Pampero anduvo de mil maravillas. Subieron un cabo y un coronel y Pampero anduvo de diez durante todo el viaje de ambos.
Llegada la noche, una pareja subió al colectivo. La pareja se sentó en el último asiento. Se los notaba temerosos. Pampero llegó a la comisaría y ahí comenzó lo asombroso de esta historia. Un comisario y dos oficiales esperaban en la parada de Pampero. Este llegó allí, el chofer accionó el dispositivo para abrir las puertas y nada. Las puertas no se abrieron. Convencido de que era un desperfecto técnico accionó un ay otra vez el dispositivo sin lograr nada. Los policías se empezaron a impacientar: necesitaban una explicación. A las dos horas de seguir intentando, el chofer, previas disculpas a los uniformados se encargó de llevar a Pampero a la terminal.
Camino a la terminal hay una hermosa plaza, una enorme plaza que tiene la ciudad toda como paisaje. Fue justo ahí que Pampero decidió detenerse y apagar su motor. El chofer hizo las mil y una para poder encenderlo nuevamente pero no hubo mucho caso. Cuando los oficiales llegaron a la plaza se enojaron mucho cuando Pampero no abría. “Pero es que es imposible abrir la puerta”, se explicó el chofer. Un rato después llegaron los técnicos de la empresa y con miles de herramientas, soldadoras y todo tipo de elementos cortantes trataron de abrir a Pampero; pero no hubo caso.
El caso de Pampero tomó alcance nacional de mano de los reporteros que se agolpaban en carpas alrededor del colectivo. Las multitudes se reunían para ver el gran fenómeno del “colectivo celda” como lo llamaban los medios.
Como los pasajeros y el chofer no cabían a través de las ventanillas se tuvieron que quedar a vivir en Pampero. Todo fue una algarabía risueña hasta que el gobierno decidió tomar cartas en el asunto: necesitaban a la pareja.
Un gran tanque de guerra se acercó a Pampero. Se despejó la zona, los periodistas disparaban sus falsees desde los techos de los edificios, la gente miraba asombrada desde sus ventanas el accionar militar. Se dice que hasta la bolsa se detuvo por unos instantes. Todo el mundo miraba desde sus televisores al gran tanque en la plaza. Comenzó la cuenta regresiva… y disparó.
Tardó varios segundos el humo en disiparse y descubrir a Pampero intacto al impacto del cañón. “Esto es cosa de Dios”, dijo el coronel encargado quien rápidamente decidió quitar el tanque y dejarlo en manos del enemigo más letal del metal: el óxido.
Los grandes y negros nubarrones anunciaban lluvia y con sus gotas oxidarían a Pampero dejándolo más débil para ser abierto. Llovió, como cualquier mes de enero, llovió mucho. Las calles se inundaron y el sur también, la lluvia reunió las bolsas de basura en las bocacalles y acalló algunos gritos pero no pasó nada con Pampero.
Varios parapsicólogos intentaron hablar con Pampero, pero sólo una mujer pudo. Una señora anciana y sabia, luego de conjuros, pócimas y cánticos se comunicó con el alma del colectivo.
La charla fue más o menos así:
- Oh, gran Pampero, ¿me escuchas?
- Sí, - dijo una voz metálica.
- ¿Por qué no quieres funcionar más? ¿Por qué tienes secuestrados a los pasajeros en tu interior?
- Estoy triste. Argentina ha cambiado mucho y no me gusta lo que veo. Creo que esta pareja en mi interior van a estar más cuidados.
- ¿Nunca más vas a volver a funcionar?
- Capaz… cuando mejoren las cosas.
Pampero se negó a hablar con otros parapsicólogos ni dio ningún reportaje en cadena abierta.
Luego de tres meses de estar encerrados la pareja decidió casarse y construir su hogar dentro de Pampero. Fue un poco costoso amoblarlo ya que todos los muebles debían ser lo suficientemente pequeños parar pasar a través de sus ventanillas. El tiempo fue pasando y la pareja y el chofer encontraron su lugar dentro de Pampero, aprendieron a quererlo y a vivir dentro de él. La plaza se convirtió en un gran parque de diversiones al que concurrían personas de todo el mundo intrigadas por el fenómeno Pampero.
Hay personas que dice que allá por el ´83, Pampero abrió sus puertas antes del amanecer. Sus tripulantes bajaron del mismo y recorrieron la ciudad. No se sabe porqué, luego de unas horas volvieron al mismo y cerraron la puerta de Pampero para siempre.
FIN.
LA FAMILIA DE JOSE
José nació por el 80, no se tiene mucho registro de él, el hospital se incendió a los dos días de su nacimiento, por lo cual se perdieron todos los datos sobre su existencia; la madre nunca lo registró ante el Estado, por eso el niño nunca existió. Y esto asustó mucho más a las autoridades. Hijo menor de una familia de siete hermanos. Los siete muchachos de esta familia tampoco fueron un ejemplo a esta querida sociedad: Pedro, el más grande, fue muerto en un tiroteo luego de robar cospeles de una empresa de transporte. El robo fue muy importante: casi 30000 pesos en cospeles que, por desgracia, nunca pudo vender ya que debido a su escasa información sobre los eventos provinciales, Pedro nunca se enteró que los cospeles estaban a punto de subir de precio dos días después de cumplido el atraco. Por todos es sabido que cuando aumenta el precio del cospel, se manufacturan otros mas chicos o mas grandes o dorados o lo que sea, de manera que sean diferentes a los anteriores. Pedro, al enterarse de esto, dos semanas después por cierto, intentó venderlos a mitad de precio creyendo que así encontraría comprador, lo cual fue cierto, con un pequeño detalle: el comprador era un policía encubierto que baleó de cinco tiros su fea y granosa cara.
Fernando, el segundo, era bastante hartante. Su fascinación por las fotos de revistas (de cualquier tipo vale aclarar, pornos y hasta de autos) hizo que su pieza fuera un basurero con toneladas de papel. Su novia –que de por sí no compartía su hobby- compartía otro vicio, uno que no debería importarnos ya que mucha gente tiene: su novia fumaba. Después de una noche de sexo entre sábanas y sábanas de papel, la chica se puso a fumar al lado de su amante Fernando logrando la inmolación de ambos.
Pepe, es el único que tuvo una vida bastante digna, futbolista de un viejo equipo de la C fue descubierto por un famoso busca talentos que lo llevó al imponente Boca Juniors. De su vida no hay mucho que decir, solo que al hacerse famoso se olvidó de su familia, viajó a Italia donde tuvo una buena carrera, se casó con una enfermera donde descubrió gracias a ella el placer de la necrofilia, que ambos asiduamente compartían.
Los mellizos Joan y Jean, eran bastantes rebeldes, pero no les fue muy mal que digamos. Toda su juventud fue dedicada a molestar y humillar a José, el más chico de la familia Fernández (ese que se rompió el cráneo). Joan y Jean son dueños ahora de una fábrica de zapatos muy famosa y respetada que se dedica a hacer calzados ortopédicos “de onda” como le llaman ellos.
Antes de terminar, tenemos a Gustavito, de quien no hay mucho para contar, su temprana muerte de cólera amargó a su familia. Encima era el único que hizo la primaria.Y, por último, nuestro Josesito, sí, el del cráneo roto. Pero no se lo conoce solo por eso, hay muchas anécdotas que son trascendentes y sacaron de quicio a varios estudiosos de la psique humana y de las cuales pasaré a detallar.
escenas de locura experimental
La locura está en mi cabeza,
vos levantaste el sable,
vos hiciste el cambio,
vos me arreglaste hasta dejarme sano,
vos cerraste la puerta
y tiraste la llave afuera.
Hay alguien en mi cabeza
Pero no soy yo.
Roger Waters.
Qué bueno es esto. Qué lindo. Se siente bien. El pasillo que separa mi habitación del baño se hace, cada tanto, más angosto, se cierra, luego se abre y se mueve como una gran serpiente tratando de devorar una enorme rata o la humanidad toda. El pasillo da directo al baño, pero lleva también a una pieza que está a la izquierda y que recibe una luz de penumbra por la ventana abierta. El largo camino hasta el baño es muy oscuro hasta donde está la puerta con esa luz que corta el bello camino de la noche. De la noche en el día. De la soledad en vida, porque la soledad es oscura, es negra. Y me duelen tanto los ojos cuando veo el sol…
Me siento bien acá. A mi costado, una gran vomitada; es mía, me gusta. Le paso el dedo y hago dibujos con ella. Primero: la cara de un payaso, después escribo mi nombre y… no me alcanza para el nombre de ella. Así que lo hago otra vez. Me meto los dedos en la garganta, presiono para abajo y ya puedo sentir mi estómago dando vueltas, ese sentimiento de arrepentimiento instantáneo, mis ojos lagrimean y mis jugos gástricos son expulsados hacia fuera. En el trayecto, el líquido amarillento mancha mi ropa, pero no me importa. Ya está tan sucia… dibujo otra vez; puedo sentir el calor de esta consistencia asquerosa, que tiene burbujitas chiquititas que se revientan cuando la soplo. Una me salpica la cara y me causa tanta gracia que río como loco. Una gracia indecible, sin razón pero río y grito y lloro… Con el espacio que requería para poner el nombre de mi amada completo, inicio mi labor. Escribo bien la “y” y pongo su nombre: Sol. Al hacerlo puedo ver su cara en la sombra que refleja la sábana de mi cama en el suelo. Me sonríe. Me acomodo contra la pared para completar mi obra. Sentado cómodamente con las piernas abiertas por la cual veo mi escrito. Observo que hay sangre en él. Me siento orgulloso, eso es arte con sentimiento. Una obra salida del alma. Levanto la vista en dirección al baño y, en la parte iluminada veo una mujer bailando. Su sombra es tan exquisita, tan bien dibujada, sus contornos, sus movimientos: es ella. Grito con todas mis fuerzas para que salga de allí. “¡Te vas a quemar! ¡Salí de ahí!” Al escucharme ría como burlándose de mí, ríe tanto que su cuerpo se transforma en una boca enorme, con colmillos filosos y me puedo ver a mi mismo, a mi sombra riendo con ella. Arrastrándome, llego hasta el haz de luz y trato de tocar las sombras, pero el maldito sol me quema. Mi piel se chamusca toda. “¡Te odio!”, le grito.
Vuelvo y me tiro en la cama. Las sábanas siempre me sirvieron de escondite. Siempre me resguardaron de todo peligro. Escondido entre ellas, la oscuridad que me brindan son todo lo que necesito par sentirme a salvo. Ni la dama de negro puede tocarme aquí. Nadie. Yo me voy a otro universo con ellas. Un universo en que tengo alas, donde camino alegre entre la gente, donde todo lo que busco lo encuentro, donde no hay gritos ni máscaras, donde los espejos reflejan sólo lo hermoso. La blancura de estas telas me calman tanto que floto sin preocuparme por aterrizar porque ahí abajo está él, mi amigo suave que me protege de todo dolor. Acurrucado allí, como un bebé, abro la puerta hacia los sueños y me dejo entrar. De pronto, siento miedo. Estoy aterrado, no estoy solo en la cama.
Salto como un águila al acecho y caigo sigilosamente en el suelo. Lentamente y pensando cada movimiento, escurriéndome como un gusano, llega a la cama. Corro la almohada e investigo cada rincón. La blancura de la nieve está allí y me empiezo a tranquilizar de a poco hasta que una mancha negra y marrón insulta la hermosa visión. Grito como un niño perdido en busca de su madre. Lloro como un recién nacido aceptando el trauma de estar vivo y caigo como un muerto al cuelo, como un caído en plena guerra. Es que tal vez soy eso, un caído. Temblando me levanto y miro de vuelta. Y allí está ella, con su piel marrón, con sus antenas que la comunican al exterior, algo que yo ya me quité. Levanto mi mano y la lanzo contra ella. Juraría que mi manó cayó como un gran martillo. Casi creo haber escuchado su grito de agonía al morir, ¿o de alegría? Conforme con mi actuación, me acuesto de nuevo.
Siempre temí a las cucarachas. Desde que el mundo fue creado que están. Saben todas nuestras vivencias. Han estado con nosotros en la vida y en la muerte. Han comido de nuestra carne, de los cuerpos inertes regados durante toda la historia, de nuestra propia podredumbre. Les hemos dado todo y, encima, siguen acechándonos. Escondidas por su reducido tamaño, nos observan en nuestra privacidad. Me miran cuando me baño, cuando bailo, cuando odio, cuando vomito, cuando río, cuando estoy solo, cuando… siempre están ahí, mirándome.
Cierro los ojos, pero esta noche mía no me calma como debería hacerlo. Miro el techo y una cara tenebrosa me señala algo al costado de mi cama, de mi palacio. Me arrimo muy lentamente. Una gota de transpiración cae por mi cara cual punta de navaja. Se desprende y cae al vacío. Observo con asombro su vuelo y hasta, por un momento, me veo en esa gota suicidándome. El magistral viaje por el aire culmina sobre mi escrito. Me calmo al ver cómo mi hija se mezcla con mi alma. Pero de golpe, la luz de la puerta del pasillo salta y se ubica en mi cama. Me alejo rápidamente, evitando, con mucha suerte, que me toque. Se queda por un rato iluminando con maliciosa elegancia las sábanas. Me mira como gozándome, como demostrándome que en cualquier momento me puede quemar. Iluminar todo hasta matarme. Se acerca muy de a poco… “¡Basta!”, le grito. Ríe y se va.
Con la seguridad que me brinda la oscuridad vuelvo a mi palacio. Me siento y miro otra vez mi obra. Está llena de cucarachas. Cucarachas caminando, cucarachas saltando, cucarachas trepando por mis pies, cucarachas por todos lados. Corro por todos los rincones de mi cárcel hogareña tratando de sacarme estos horribles bichos.
Salto, grito “¡Salgan de encima! ¡Déjenme en paz!” Por un momento desaparecen. Tirado en el piso, temblando con espasmos, veo, en el techo, la ciudad toda. Los edificios, el sol, la gente, los autos, pero… la gente no es gente, son cucarachas. “¡Son todas cucarachas!”, digo riéndome. Y recuerdo, en flashes, el tipo robándome, los chicos pegándome, ella dejándome, el mundo burlándose. De repente, el mundo se cae arriba mío. Las cucarachas me cubre en un manto negro. No puedo quitármelas. Mi susto ha aumentado tanto que corro hacia el baño para tirarme a la bañera llena de agua y así sacarme estos bichos. Corro como si una estampida de toros me siguiera, corro como un loco. Freno justo ante la luz. Maldita luz, si no fuera por vos… ya no puedo ver nada, las cucarachas se están reproduciendo, cada vez son más y más. Corro y entro en la luz. Dentro, una mano de mujer me agarra del brazo y es ella llorando.
- ¡Ya se que te hice mal! ¡Perdoname!- No me suelta.- ¡No puedo quedarme! ¡Me quemo, me quemo!- salgo del haz y corro incendiado al baño y así, de cabeza me tiro a la bañadera.
Bajo el agua, veo cómo se desprenden de mi cuerpo. Ya no tengo ninguna, me siento bien. Pero no se van, están ahí, nadando. Saco un poco la cabeza para respirar y cierro los ojos. Me duermo.
Despierto. Fue una linda siesta, no soñé. Casi siempre, en mi estado, o sufro de las peores pesadillas o simplemente, con suerte, no sueño. Miro un poco mi propio mar y todavía quedan algunas nadando. Me acomodo nuevamente y me duermo.
- Está fría el agua.- Me levanto. Antes de salir de la bañera miro y, para mi seguridad, no encuentro ningún endemoniado insecto. Me seco. Mientras lo hago recuerdo como la hice sufrir. Casi como ellos lo hicieron conmigo. Salgo, me limpio los pies y me voy a lavar los dientes. Me seco el pelo y me miro al espejo. ¡No! ¡No puede ser! ¿Qué me pasó? ¡A mí no! Grito angustiado al saber que soy igual que ellos. Y paso por la luz y no me quemo y veo en mi sombra solo eso: una cucaracha.
Fin.
El Día del Extraterrestre.
Un día vino un extraterrestre al cual maté. Entró a mi casa y lo maté. Se metió en mi cocina y lo maté. Habló con mis padres y lo maté. Me habló de la libertad y lo maté. Me habló de volar y lo maté. Me contó de afuera y lo maté. Me miró con sus ojos de alienígena y me dijo: “Vos sos el extraterrestre”. Con todo el odio bajo mis pies corrí, busqué el arma, lo llamé y le disparé. No tenía nave ni nada, no sé dónde la había escondido. Pero, ¿qué importa?, pensé. Cerré la compuerta y me fui a dormir. Total, ya lo maté.